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Alan Turing no era un soldado, pero fue el guerrero más letal de los Aliados. Mientras los jóvenes de su edad eran enviados a las trincheras, Turing fue reclutado en Bletchley Park, un centro de criptografía ultrasecreto.

El problema era monumental: la máquina Enigma de los alemanes cambiaba su configuración cada 24 horas. Los matemáticos tradicionales intentaban descifrar los mensajes a mano, pero para cuando terminaban, el código ya era obsoleto. El mundo estaba perdiendo la guerra porque no podía escuchar los planes del enemigo. Turing comprendió algo que nadie más vio: la mente humana era demasiado lenta. Necesitaban un cerebro electrónico.

Turing diseñó “The Bombe”, una computadora electromecánica gigantesca diseñada específicamente para descartar millones de combinaciones de Enigma en segundos. Sus colegas se burlaban de él, sus superiores lo consideraban un gasto innecesario de recursos.

En un momento de pura desesperación, Turing y su equipo lograron lo imposible. La máquina comenzó a arrojar resultados. De repente, los británicos sabían exactamente dónde estaban los submarinos alemanes, qué ciudades serían bombardeadas y cuándo atacaría el enemigo. Turing acababa de arrebatarle a Hitler su secreto más preciado.

Saberlo todo tiene un precio aterrador. Turing y el gobierno británico se enfrentaron a una decisión moral difícil: si actuaban ante cada mensaje descifrado, los nazis sabrían que Enigma había sido rota y cambiarían el sistema.

Tuvieron que permitir que barcos fueran hundidos y que personas murieran para mantener el secreto. Turing vivía con el peso de saber quién iba a morir mañana y no poder avisarles. Se estima que su trabajo acortó la guerra al menos dos años y salvó más de 14 millones de vidas. Al terminar el conflicto, el gobierno le ordenó destruir sus máquinas y guardar silencio absoluto. Turing volvió a la vida civil como un fantasma.

En 1952, Alan Turing fue víctima de un robo en su casa. Al denunciarlo a la policía, salió a la luz un detalle de su vida privada: era homosexual. En esa época, en el Reino Unido, eso era un delito grave.

En lugar de ser tratado como el héroe nacional que era (aunque su trabajo seguía siendo secreto oficial), Turing fue procesado por “indecencia grave”. Su propio país, al que le dio la victoria, le dio un ultimátum brutal: dos años de prisión o someterse a una castración química mediante inyecciones de hormonas para “curar” su condición.

Turing eligió el tratamiento hormonal para evitar la cárcel y seguir investigando. Las inyecciones destrozaron su cuerpo, le causaron depresión profunda y le impidieron pensar con la claridad de antes. El hombre que creó la Inteligencia Artificial estaba siendo destruido por la ignorancia humana.

El 7 de junio de 1954, Alan Turing fue encontrado muerto. A su lado había una manzana con un mordisco, impregnada de cianuro. Tenía solo 41 años. Tuvieron que pasar décadas para que el gobierno británico pidiera perdón y reconociera que el mundo moderno —las computadoras, el internet, el iPhone que quizás tienes en la mano— nació en la mente de aquel hombre al que ellos mismos llevaron al suicidio.

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